TRABAJO DE ESCRITORIO

hgo-a.breccia_1969.jpgBuenos Aires, 1969.


James Bond odiaba el trabajo de escritorio pero sabía soportarlo. Además su último encuentro con Blofeld le había dejado una cicatriz bastante fea de la que debía reponerse. M le había ordenado volver de Bariloche tras la misión, que había terminado con la destrucción de medio Cerro Catedral y la internación de varios esquiadores, pero también con la Operación Dragonballs y los planes de de dominio mundial de su viejo enemigo. Era un buen golpe, pero el cadáver de Blofeld hubiera sido un premio mejor.

Ahora estaba en su escritorio, examinando varios ejemplares de la revista Gente que databan de hacía algunas semanas atrás. La razón era obvia: El Eternauta. El tipo que había escrito aquella historieta en 1957 había sido contratado por la revista para escribir una nueva versión junto al dibujante Alberto Breccia, algo que estuviera “en sintonía” con la llegada del hombre a la Luna y con cierta “relevancia” que se atribuía a las historietas.

Algo tan inofensivo como la revista colorinche que tenía entre manos.

O al menos así lo creyeron hasta que este tipo Oesterheld comenzó a insertar ciertas ideas subversivas dentro de los cuadritos de El Eternauta: en primer lugar, los protagonistas se desayunaban con la noticia de que las grandes potencias habían cedido “el tercer mundo” al invasor extraterrestre a cambio de su salvación…

“Las grandes potencias”, pensó Bond, “¿Eso incluirá a los rusos?”

Revisó un ejemplar de Gente en cuya portada sonreían Roberto Galán y sus secretarias. Otro de los cambios en el guión del tal Oesterheld se refería al ejército: los adustos y paternales coroneles de la primera versión habían dado paso a asesinos que amenazaban a las familias de los ciudadanos y eliminaban a los subordinados que se atrevían a desobedecer.

El hijo del ferretero de la historieta original era ahora una chica, que no sólo despertaba los instintos sexuales de los protagonistas sino que también se alistaba entre los milicianos. Bond anotó este dato con una sonrisa y siguió examinando la historieta, pero le parecía suficiente.

Se preguntó como se las arreglaría el guionista para seguir los nuevos lineamientos del guión, aunque no llevó su pensamiento muy lejos. El deber -y el aburrimiento- se imponían. Anotó un memo en el que recomendaba publicar supuestas cartas quejándose de que los dibujos de Breccia eran confusos, o algo así, y cancelarla al poco tiempo. Trabajo terminado.

Por la ventana del séptimo piso de Libertador 602 vio atardecer sobre el río. Sonó el intercomunicador y la voz de Emilce le dijo que M lo esperaba.

No volvió a pensar en El Eternauta. No supo que se siguieron sus recomendaciones. Que Oesterheld llevó la historia a un rápido final para no dejarla trunca cuando le dijeron que la cancelarían. Bond sólo pensaba en la muerte de Blofeld y en vengar a su esposa. Tal vez, de vez en cuando, en la gloria del Imperio. Pero no demasiado.

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