MILONGA(S) DE JUAN MONDIOLA

rico_tipo_-_pedro_segu__.jpgA mí tan luego hablarme del Parque Rivadavia. Si lo habré conocido. Con decir que fuimos a la escuela juntos. Después el destino nos separó, sin querer. Uh, bueno… sí, conocí el último esplendor del Parque Rivadavia, a finales del siglo pasado. Todavía no lo habían puesto entre rejas y el espacio que abarcaban los puestos era inmenso. Aparte de los kioscos que siguen estando hoy, otra gente se instalaba en las áreas verdes y simplemente ponía una manta o una lona para vender sus libros o sus revistas. Estaba separado en tres áreas principales: la de los libros y revistas, la de los discos (mucho coleccionista de vinilo) y la de los filatelistas que creo, se siguen reuniendo alrededor del ombú que hay del lado de la avenida Rivadavia.

En el parque en aquella época conseguí un libro que entonces no era muy difícil de encontrar, aunque date de 1947. Es Andanzas de Juan Mondiola, una recopilación de las crónicas que aparecían en la revista Rico Tipo. Mondiola era un piola de de barrio, cuya principal ocupación era levantarse minas, fueran éstas solteras, casadas, viudas o menores de edad. Juan Mondiola no le hacía asco a nada o a casi nada. Se ofendía mucho cuando las mujeres se hacían las difíciles y no querían otra cosa que ser invitadas a la confitería El Molino o a tomar copetines.

Problema típico de Juan Mondiola: convencer a una menor de edad para verse con él en alguna zona más o menos alejada de la casa, para que no lo sorprendan los padres o los hermanos, que siempre suelen venir en grupo y armados. En uno de los relatos estaba afilando con una menor contra un árbol cuando paró un camión lleno de hinchas que venían de algún partido y que le empezaron a decir cosas como “¿la estás alimentando?”. Obviamente la chica se le escapa y el se queja amargamente de lo que le hicieron.

Una situación parecida es cuando apretando (chapando, transando, elija el término que le convenga) con otra mina en los bosques de Palermo, un bromista recurrente lo enfoca con los faroles. Juan Mondiola se cansa y cuando lo ve venir, le tira un cascotazo. Pero resulta que se trataba de un patrullero.

Juan Mondiola se quejaba también de que ya no se podía ir a los bailes. Porque estaba lleno de “pardos y payucas”. Es decir, morochos y gente del campo, de los que siempre oímos decir que “los trajo Perón”.

Un tipo bien simpático, el tal Mondiola. Me pregunto si no había hoteles donde ir en aquella época. Da un poco de vergüenza ajena eso de ir a transar a la plaza. Garpate un turno, aunque sea, melonazo.

El autor de Juan Mondiola era Miguel Ángel Bavio Esquiú. Las ilustraciones corrían por cuenta de Pedro Seguí.

MONDIOLA A CUCHILLO

t_gallo.jpgNo se bien por idea de quién, Juan Mondiola renace como personaje titular de su propia revista en la que participan tres gloriosas figuras del comic argentino, patroncita: Toño Gallo, que para mí será siempre el dibujante de Las Aventuras de Febito (“Salvaremos a Febito, ahora verán lo bien que borran las gomas Dos Banderas”), Oswal (“Sónoman”; “Buenos Aires, las Putas y el Loco”) y nada menos que Héctor Germán Oesterheld (“El Eternauta”).

Hoy en día parece loquísimo que a finales de los años sesenta, más exactamente 1969 -el año en que llegamos a la Luna y en que aparece El Eternauta dibujado por Breccia- a alguien se le ocurriese publicar una revista protagonizada por un guapo. Aunque hay que aclarar que el título completo es “Juan Mondiola, a dos puntas” y que el otro personaje que compartía cartel con Mondiola era su sobrino Kuky (qué levante tendría con ese nombre).

El mundo en que se mueve esta versión de Juan Mondiola es una mezcla de suburbio que se mueve entre los 20’s y la época de la revista. Hay duelos a cuchillo y colectivos, también se ve una camioneta “Chevy”. Hablando de Breccia, es un escenario que me recuerda muchísimo a Un Tal Dáneri, la primera colaboración entre Alberto Breccia y Carlos Trillo.

La historia, con el trazo característico de Toño Gallo (¿qué usaba? ¿carbonilla?) es típica de Oesterheld, aunque no tenga firma. Un vecino viene a preguntarle a Mondiola, que está en plena partida de truco, si él sale con la Julia. Mondiola no contesta si no que vamos a un flashback de aire borgeano: “¡La Julia! ¡Vaya si ando con la Julia! Todo empezó casi sin querer…”. Después de enterarnos de su romance con esta mujer casada, cuyo marido supuestamente es viajante, el vecino nos revela a nosotros y a Mondiola que en realidad el tipo estaba preso y ahora que salió quiere ajustar cuentas por medio de un duelo a cuchillo. Mondiola acepta, pero antes, canta el envido.
Durante el duelo, hiere al marido y la mujer, la Julia se abraza sobre el cuerpo del caído. Ya de vuelta en el bar, oye comentarios acerca de lo que pasó. Le dicen que lo mató en su ley y él se extraña. Semejante a lo que pasa en otra historieta de HGO, Richard Long (y otra vez aparece Breccia!!) quien mató al ex presidiario fue la Julia, que lo espera a Mondiola en la pieza. Pero este la echa, diciéndole “la chingaste feo, Julia”.
El último cuadrito lo ve a Mondiola alejándose en un paisaje de otoño: “Nunca más la vi a la Julia”.

SOMEBODY PUT SOMETHING IN MY DRINK

Oswal-BALPL.gifMás rara todavía aunque quizás no tan jugosa es la historia protagonizada por Kuky, el sobrino de Juan Mondiola. Pelo no largo, sino abundante, polera, medallón y pantalones anchos, el personaje se parece a un personaje aparecido en una saga cósmica de Sónoman: Bangcrash. Es raro, pero hay líneas de contacto entre el dibujo de Toño Gallo en la historieta anterior y en el diseño de Oswal en ésta. Comienza en una mansión, donde Kuky cuenta su historia: un pibe que conoció lo invitó a una fiesta, donde hay unas chicas a go-go infartantes (las pestañas postizas y las minifaldas hacen maravillas, ya se sabe) y unos veteranos de traje, bastante sospechosos. En un viaje a la cocina, Kuky descubre que el dueño de la casa está preparando el clericó y tiene listo un frasco con algunos “polvitos” que incluyen LSD. Pero Kuky queda solo pensando que dentro de un rato “cada piba se sentirá Libertad Leblanc(ppfff…jajaja). Calcula las posibilidades pero se indigna: “¡Jovatos de porquería! Una cosa es laburarse una piba a fuerza de arte y cañemu y otra con polvitos raros”. Así que cambia la droga por azúcar y cuando los señores de mediana edad tratan de apurarse a las chicas estas les parten la jeta a sopapos. Así que se lo llevan a la cocina al Kuky y tratan de ponerlo contra la hornalla de la cocina. Pero una de las pibas, la Zule, a quien él había tratado de advertirle que se escaparan, fue más piola y llamó al 101. No, no a la Pandilla 101 (Morhain – Saborido) que aparecía en La Hojita, sino a la policía. Ahora hubiera llamado al 911, hasta eso nos han quitado.

Kuky termina de contar la historia en la tremenda mansión de la Zule. Los viejos de la mina se fueron a Montevideo y se llevaron hasta el perrito. La Zule le ofrece a Kuky un split de banana (no es metáfora, el pobre pibe debe estar muerto de hambre). Fin, con una última viñeta en la que Juan Mondiola dibujado por Oswal, habla orgulloso de su “potriyo”.

Pero eso no es todo lo que hay en el número dos de Juan Mondiola (hace poco me encontré con alguien que me dijo que las tenía todas, aunque no me dijo cuántos números salieron, supongo que pocas). Hay un par de las andanzas originales de Bavio Esquiú, un cuento protagonizado por Kuky y notas sobre Palito Ortega, Leonardo Favio y Sandro por un lado (“El Kuky da su versión sobre los cosos que inventaron el bum”) y sobre Roberto Goyeneche, Hugo del Carril y Edmundo Rivero por el otro (“Los tangueros de antes no usaban bum”). Era agosto de 1969 y una revistita de estas salía 100 pesos. Qué me contursi.

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Las pocas ilustraciones que encontré, ninguna de Mondiola, me las afané del Museo del Humor y de la página de mi admirado Oswal. Y bueno, ya me compraré el escanner, che.

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