“PELIGRO. NO ABRIR”
Con sensación de culpa, entró a la habitación. La vieja radio Motorola se hallaba en el estante que recordaba. Era enorme, pesada, y al sostenerla contra su pecho, casi se le cae. En la tapa de atrás, se leía la advertencia: “Peligro. No abrir”. Sin embargo, ella sabía que, si no estaba enchufada, no corría riesgos. Con la lengua entre los labios, sacó los tornillos y contempló el interior. Tal como lo sospechaba, no había orquestas ni locutores en miniatura que vivieran su minúscula existencia anticipándose al momento en que el interruptor fuera llevado a la posición de encendido. En cambio, había hermosos tubos de vidrio que en cierto modo se parecían a las iglesias de Moscú que ella había visto en la ilustración de un libro. Las puntas que tenían en la base calzaban perfectamente en unos orificios especiales. Accionó la perilla de encendido y enchufó el aparato en un tomacorrientes cercano. Si ella no lo tocaba, si ni siquiera se acercaba, ¿qué daño podría causarle?
Al cabo de unos instantes los tubos comenzaron a irradiar luz y calor, pero no se oyó sonido alguno. La radio estaba “rota”, y hacía varios años que la habían retirado de circulación, al adquirir un modelo más moderno. Uno de los tubos no brillaba. Desenchufó la radio y extrajo la lámpara rebelde. Adentro tenía un cuadradito de metal, unido a unos diminutos cables. “La electricidad pasa por los cables”, recordó, “pero primero tiene que entrar en una lámpara”. Una de las patitas parecía torcida, y con cierto esfuerzo logró enderezarla. Volvió a calzar la válvula, enchufó el aparato y comprobó, feliz, que la radio se encendía. Miró en dirección a la puerta cerrada, y bajó el volumen. Movió la perilla que indicaba “frecuencia”, y encontró una voz que hablaba en tono animado acerca de una máquina rusa que se hallaba en el espacio, dando vueltas alrededor de la Tierra. “Sin cesar”, pensó. Cambió la ubicación del dial en busca de otras estaciones. Al rato, por miedo a que la descubrieran, desconectó la radio, volvió a colocarle la tapa sin ajustar demasiado los tornillos y, con gran dificultad, levantó el aparato y lo puso de nuevo en su estante.
Cuando salía, agitada, de la habitación, se topó con su madre.
–¿Todo bien, Ellie?
–Sí, mamá.
Puso cara de indiferencia, pero le latía el corazón y sentía las manos húmedas. Se dirigió a su rincón favorito del patio y con las rodillas apretadas contra el mentón, pensó en el mecanismo de la radio. ¿Eran necesarios todos esos tubos? ¿Qué pasaría si uno extraía a uno por vez? En una oportunidad su padre los había llamado “tubos vacíos”. ¿Qué sucedía adentro de ellos? ¿Cómo hacían para entrar en la radio la música de las orquestas y la voz de los locutores? Éstos solían decir: “En el aire”. ¿Acaso la radio se transmitía por el aire? ¿Qué pasaba dentro del receptor cuando uno cambiaba de estación? ¿Qué era la “frecuencia”? ¿Por qué había que enchufarla para que funcionara? ¿Se podría dibujar una especie de mapa para ver por dónde circulaba la electricidad dentro de la radio? ¿Sería peligroso desarmar una radio? ¿Se podría luego volver a armarla?
–¿En qué andabas, Ellie? -le preguntó la madre, que regresaba en ese momento de recoger la ropa de la soga.
–En nada, mamá. Pensaba, nada más.
CARL SAGAN
Contacto
Capítulo 1
Las ilustraciones de Héctor Sídoli provienen de viejos números de la revista Lúpin.





